El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")

19/2/13

Reseña de "Polvo en los labios" de Montero Glez


Los malheridos
Polvo en los labios me llama. Desde que lo recibí, hace una semana, me llama. Está situado a la izquierda del escritorio, coronando una torre de libros por leer, y no deja de atraerme. Lo he cogido un par de veces y he mirado su portada. Es una fotografía de Alberto García-Alix, un autorretrato en el que aparece su brazo escayolado (con una leyenda escrita sobre él, que no logro descifrar), sujetando de una pata, con los dedos formando una pinza, un cuervo muerto. En los otros tres dedos, brillantes, desafiantes, muestra sus anillos macarras de acero: tibias cruzadas, anclas y calaveras: signos de pirata. El dibujo de fondo de ese retrato es un camino de tierra, un camino polvoriento y vacío. Como no podía ser de otra manera, la fotografía se titula Los malheridos.
Tampoco resisto la tentación de hojear el nuevo libro de cuentos de Montero Glez. Miro los títulos de los relatos, su extensión, y leo algún párrafo suelto, a ver qué tal suena. Y suena preciso, desafiante. Contundente, como el disparo de una Magnum 44.
Dejo las obligaciones, las correcciones del próximo libro que me tienen hastiado, y comienzo a leer el relato que da titulo al libro, Polvo en los labios. No tengo intención de leerlo entero, pero me engancha desde sus primeras palabras. Y es que estoy dentro de la historia, viajando en el taxi con Chet Baker y su amigo español camino del poblado de los Pies Negros (es un suponer) a la búsqueda de algo que calme la sed, la santa sed de las venas. Y recuerdo la anécdota del toro muerto a estocadas en la Gran Vía, porque vi la fotografía hace poco tiempo, en la exposición que realizaron cuando la diagonal madrileña cumplió 100 años. Y, lo que es definitivo, porque conocí a Chet Baker en ese último viaje a Madrid, unos meses antes de su muerte. Así que se me corta el aliento y no vuelvo a respirar con hondura hasta que acabo de leer el relato. Y, al terminar de leerlo, pienso que no solo es la historia, que no se trata solo de eso, que es Montero Glez, con su prosa exacta y acerada, con el veneno dulce y rastrero de sus palabras, quien me ha metido dentro del taxi, quién me ha hecho viajar hasta aquel día de 1988, para disfrutar de la belleza de la vida y recalcar, de nuevo, lo absurdo y estúpido de la muerte.
Y ahí acaba mi contención.
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Reseña publicada en la Revista Literaturas.com, en su número de febrero de 2013