El escriba, de Robert y Shana ParkeHarrison

El escriba, de  Robert y Shana ParkeHarrison
"Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior" "¿Por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libro que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?" J.M. COETZEE ("VERANO")

3/4/12

Relatos de humo (y hachís), de Pepe Pereza


Lo flipo
por Esteban Gutiérrez Gómez

Nada más abrir el blog de El laberinto de Noé, coincidiendo con la publicación del libro en 2008, empezó el cibercontacto con Pepe Pereza. Consiguió el libro, disfrutó de la lectura y, lo que es más, pregonó los beneficios que aquel libro tenía para él.

Nos cruzamos algunos correos en los que hablábamos de literatura, de cómo acabar un relato o si era mejor dar a entender que manifestar. Todo en nuestros correos era literatura: cómo hacer que un relato fuese intenso, economía de palabras, ¿has visto la naturalidad de Carver?, la teoría del iceberg de Hemingway, el juego de Cortázar, la pulsión doméstica de Cheever… Me preguntaba y yo intentaba darle respuestas. Él lo ignora, pero muchas veces hacía que revisase mis libros de teoría porque iba más allá de lo aparentemente ofrecía un texto, y eso me venía bien para no fosilizarme, para seguir enriqueciéndome por dentro.

Seguía sus pasos en el blog, sus relatos cada vez iban siendo más consistentes. Empezó a publicar en fanzines y revistas (ya sabéis) y a publicar libros electrónicos con Ana Patri y su Groenlandia.

Estábamos en contacto. Él, como yo, es un enfermo de literatura y necesita ese contacto entre leprosos del silencio. Iba acumulando lecturas que a su vez le iban formando (lecturas que nos recomendábamos mutuamente o que señalábamos en el blog). Iba desechando textos antiguos con la vergüenza del niño que crece y abomina sus juguetes infantiles. Estaba contento. Tenía un trabajo que le permitía volcarse en la escritura, dedicar muchas horas al día a escribir y eso era ya un poso acumulado. Iba escribiendo… cada vez mejor... mejor…

Nos conocimos el verano pasado, durante la celebración de la Semana Negra de Gijón. Allí estábamos Patxi Irurzun y yo con los rockeros de Simpatía por el relato y con nuestras nuevas novelas, y allí fue él, a conocernos... como si no nos conociésemos ya. Eso dijeron nuestras miradas al cruzarse: qué bien que pongo ojos a tus palabras.
Y seguimos hablando de literatura: del tono narrativo, de la significación de la primera persona, escribir es corregir, Buko sí que sabía, ritmo de rock y ritmo de blues, las leyes de Propp, lo importante es coger al lector por los huevos y no soltarlo hasta el final … Me habló de este libro, creo que te gustará…

Relatos de humo (y hachís) es, amigos, un libro imprescindible. Todas esas horas de escritura, todo ese tiempo de lectura y corrección, todas esas lecturas han formado a un autor maduro que ofrece a los lectores un libro de cuentos tan sólido como una roca. Los amantes de Carver y de Cheever no pueden perderse esta joya literaria. Divida en tres partes (no ficción, híbridos, ficción) desgrana unos relatos escritos con una cercanía tal que el lector se encontrará dentro de la historia desde las primeras líneas. En muchos de los casos la trama principal parece un hecho banal, sin embargo, ese hecho será el determinante, el que quedará grabado en la mente del lector, el que acudirá a él por la noche. Al igual que los caballos en la niebla de Carver, hay en una historia unos patos (relato “Los patos”) que significan mucho más de lo que parece, que se asoman a la ventana de los ojos del lector cuando duerme, que lo intentan, pero no pueden echar a volar... y en otra un perro ladrador… y en otra un caballo muerto...

Solo en la primera parte, en la que Pepe Pereza narra historias que le ocurrieron en realidad (hace literatura de no ficción), hay tres cuentos antológicos (cuentos de los que hay que leer para comprender de qué hablamos cuando hablamos de relatos), con buenas historias, bien narradas y finales certeros. Las voy a nombrar sin añadir nada más: “Un mal día, “Eligiendo un camino” y “Un día cualquiera”, relato que Pepe Pereza me ha cedido para publicar con la reseña.
Juzgad vosotros mismos.

Tres muy buenos cuentos en un libro de relatos ya hace que merezca la pena adquirirlo y disfrutar de su lectura, pero en este caso hay más, algunos más como “A la brasileña” o el nombrado “Los patos” en la zona de relatos de base real pero ficcionados que el llama “Híbridos”. No voy a explicar los motivos, creo que es mejor guardar el secreto…

Y ahora voy a por la tercera parte, a por sus relatos de ficción…

Ya me lo anticipó Gsús Bonilla: lo vas a flipar...

Y lo estoy flipando.



Bacø, 2012


El botón de muestra:


UN DÍA CUALQUIERA


El sol se perfilaba en las siluetas de los edificios y la luz cambiante del alba teñía de ámbar y grana el conjunto de nubes que flotaban por encima de los tejados. Las cigüeñas volaban hacia los basureros y los aviones dejaban líneas blancas en el cielo como si fueran rayas de cocaína sobre un espejo. Yo disfrutaba del espectáculo desde mi ventana, sujetando con ambas manos una taza de café y un porro en la comisura de los labios. Desde la ventana tenía una amplia panorámica de la ciudad. Cuando el sol se asomó por encima de los tejados percibí en la cara una caricia de luz y calor que me hizo estremecer. Las semanas anteriores habían sido una retahíla de días grises y lluviosos, por eso la presencia de un sol primaveral era tan de agradecer. Expulsé el humo y contemplé anonadado la simbiosis de las volutas y los fotones de luz. Ver amanecer era de mis espectáculos preferidos y siempre que podía desayunaba delante de la ventana admirando el acontecimiento. Sin duda era la mejor manera de empezar el día. Estuve así hasta que llegó la hora de ir a trabajar.

Conduje hacia el Palacio de Congresos escuchando una emisora de música rock. Dentro del coche el ambiente estaba demasiado cargado así que abrí ligeramente la ventanilla para que se despejase del humo. Llegué a la rotonda de La Fuente de Murrieta y traté de hacerme un hueco entre los demás vehículos. Odiaba esa maldita rotonda, y más a esa hora cuando toda la ciudad circulaba por ella. Después de girar a la derecha y tomar una carretera menos transitada me sentí más relajado. Aspiré del porro pero estaba apagado y tuve que sacar el encendedor. Al hacerlo aparté la vista de la carretera y estuve a punto de golpear al coche que me precedía. Afortunadamente conseguí pisar el freno a tiempo. Me maldije a mí mismo por el descuido y dejé el porro en el cenicero. Subí la ventanilla y centré toda la atención en la carretera. En la radio la locutora hizo la presentación del siguiente tema. Era Nick Cave haciendo una versión del tema “I´m Your Man” de Leonard Cohen. La canción alcanzó todo su esplendor, seguí el ritmo tamborileando con los dedos sobre el volante. Al poco llegué a las inmediaciones del Palacio de Congresos. Enfilé la rampa que llevaba al aparcamiento y dejé el coche junto a la puerta de entrada del muelle de carga. Era el único coche del aparcamiento. Consulté la hora, eran las nueve menos tres minutos. Me extrañó que no hubiera nadie esperando, normalmente los chicos de carga y descarga solían llegar antes. Apagué el motor y subí el volumen de la radio. Nick Cave sonaba de maravilla a esas horas de la mañana. Me fijé en el Palacio de Congresos y en la enorme sombra que proyectaba sobre el camino que bordeaba la orilla del río. El vapor del rocío brotaba de la hierba y de inmediato era atravesado por los rayos solares. A contraluz pude ver algunos insectos volando de aquí para allá. La canción llegó a su fin. Me encendí la raba, me ajusté las gafas de sol y salí del coche. El “Clip, clip” de la cerradura electrónica resonó por toda la explanada espantando a un grupo de gorriones que picoteaban junto a los jardines. Me acerqué a la puerta metálica del muelle de carga y me apoyé en ella. Era agradable estar allí, como un reptil calentándose la sangre. No obstante tuve el presentimiento de que me habían hecho venir una hora antes. Viendo que eran las nueve y que nadie aparecía cogí el móvil y llamé a Raúl.

- Raúl, ¿a qué hora hemos quedado?
- (Con voz somnolienta) A las diez.
- ¡Me cago en la puta! Ayer me dijiste a las nueve.
- Hostia, me confundí.
- ¡Joder, tío!
- Lo siento.
- Aprovecharé para tomar un café. Nos vemos a las diez.

Raúl era el jefe de los técnicos, mi jefe. No era la primera vez que me hacía algo así. Me cagué en todo lo sagrado. Clip, clip. Entré en el coche y arranqué. Puse rumbo a una cafetería.

Le tocaba el turno a la camarera rumana que me tenía medio enamorado. Estaba de suerte. Por otro lado, la barra estaba a tope y todos los periódicos ocupados. Cuando me llegó la vez hice gala de mi mejor sonrisa y pedí un cortado. La camarera carente de cualquier signo de simpatía se limitó a darme la espalda para preparar el café, cuando estuvo listo lo dejó sobre la barra sin mirarme siquiera. Reconócelo, esa mujer nunca será tuya, me dije mientras me tomaba el café.
Regresé al Palacio de Congresos y aparqué en el mismo sitio que lo había hecho antes. Seguía siendo el único coche del aparcamiento. Me lié un porro. Dudé entre fumármelo dentro escuchando la radio o salir a caminar por la orilla del río. Salí del coche. Clip, clip. Se estaba bien bajo el sol. Las aguas del río bajaban bravas y turbias. Al otro lado de la orilla había una carretera que se extendía en paralelo siguiendo el recorrido del torrente. De vez en cuando las aguas arrastraban algún tronco arrancado por la crecida, comparé la velocidad de estos con los coches que circulaban por la carretera, haciendo apuestas imaginarias por unos y otros. Por los alrededores algunos ancianos paseaban, también había unos tipos corriendo. Yo tenía que trabajar y no me quedaba más remedio, pero no conseguía entender por qué la gente madrugaba para algo tan insustancial como hacer footing. Decidí obviarlos a todos y concentrarme en las aguas del río. Recordé los veranos cuando era un adolescente y me iba con los amigos a bañarme junto a la presa, por aquel entonces las aguas estaban más limpias y no dudábamos en zambullirnos en ellas. Apuré el porro y tiré la colilla al río. De pronto algo llamó mi atención, algo grande que arrastraba la corriente. Me quité las gafas de sol para ver mejor. Era el cadáver de un caballo. Tenía la tripa hinchada y la fuerza de la corriente le hacía girar sobre sí mismo. Cuando el cuerpo del equino pasó por delante, me fijé en que no tenía ojos, tampoco labios, con lo cual la dentadura quedaba al descubierto. El gesto macabro del cuadrúpedo me revolvió las tripas. El cadáver siguió girando sobre sí mismo corriente abajo, levantando las patas al cielo para luego sumergirlas en las aguas. Necesitaba nicotina y me encendí un cigarro. Eran las diez menos diez. Me quedaban unos minutos para disfrutar del sol. A lo lejos las extremidades de caballo seguían entrando y saliendo de las aguas. Me puse las gafas y regresé junto a la puerta metálica. Un coche enfiló la rampa del aparcamiento. Era el de Raúl. El vehículo se detuvo a la entrada, Raúl bajó la ventanilla y accionó el mando a distancia de la puerta metálica, los mecanismos de ésta se activaron y comenzó a elevarse.

- Esta hora la pienso cobrar.
- Claro, sin problema. Y siento mucho el despiste.

La puerta terminó su ascenso y Raúl metió el coche dentro. Seguí fumando apoyado en la pared. Me esperaba un duro día de trabajo y decidí tomármelo con calma. Cuando el cigarro se consumió lo arrojé por encima del hombro, me despedí del sol y entré en la oscuridad del muelle.